Pechos rotundos entregados, deseosos del roce de mi pecho sin alma,
descarnado, seco, como una noche de dolor en la penumbra.
Espiral de humo con aroma a vino, yaga interna que me destroza las ideas,
columna vertebral como perros devorando.
Es tu silueta de caderas anchas la que me trastorna,
también tu mirada fija, limpia, entregada, quiero amarte sin remordimiento.
Es una ciudad eterna con millones de luces, como clavos atravesando las pupilas.
Entregarme y penetrarte, eso es lo que deseas, flotando en el aire como un molinillo, indiferente.
Te cazaré y darás por terminado tu trabajo, ya no sufrirás más, habrás cumplido una parte de tu instinto.
Paseas, subes y bajas, ascensores que nos haces posibles durante un minuto.
Odio a la humanidad, sal que abrasa cada centímetro de piel.
Si no existiese gente tu no existirías, hasta ese punto soy odioso.
Pero vomito en ti y no deseo que existas, así podré odiar a la humanidad sin remordimiento.
Félix Domínguez